México y sus obreros Aquiles Córdova Morán - TIJUANA NOTICIAS

viernes, 30 de octubre de 2009

México y sus obreros Aquiles Córdova Morán


Aquiles Córdova Morán

Secretario General del Movimiento Antorchista

México D.F.- El golpe de autoridad contra los obreros electricistas de Luz y Fuerza del Centro ha vuelto a colocar en el primer plano de la problemática nacional la situación y el papel de la clase obrera mexicana en la vida de la nación. Decía yo en mi colaboración anterior que es una verdad del dominio público que los obreros mexicanos se encuentran entre los más mal pagados del mundo, ya que éste es uno de los “atractivos” que ofrece el gobierno a los grandes inversionistas extranjeros para atraerlos al país. Y también dije que no nos constreñimos a presumir por el mundo los salarios de hambre que aquí se pagan, sino que añadimos, además, la garantía de que nuestros trabajadores aceptarán las más duras y humillantes condiciones de trabajo. Insisto en que, si suponemos que la llamada “canasta básica” llena realmente las necesidades básicas del trabajador y su familia, resultaría de allí que el valor de dicha canasta en el mercado es, también, el valor del verdadero salario mínimo de un trabajador. Pero resulta que, tomando casi al azar una de tantas opiniones autorizadas sobre el tema, la de Héctor Luis del Toro, especialista del Departamento de Métodos Cuantitativos perteneciente al Centro Universitario de Ciencias Económico Administrativas, me encuentro con lo siguiente: “Para que una familia (de cinco miembros, aclaro yo) tenga una forma de bienestar mínima, debe ganar entre seis y siete salarios”, es decir, unos trescientos pesos diarios en números redondos. Pero cifras oficiales revelan que más del 90 por ciento de los obreros se ubica entre uno y cinco salarios mínimos, esto es, entre 50 y 250 pesos diarios, lo que significa que ésa es la proporción de quienes no pueden adquirir la mencionada canasta. Dicho de otra manera: el 90 por ciento de nuestros trabajadores asalariados no gana, siquiera, el verdadero salario mínimo, calculado de acuerdo con los criterios establecidos por el propio credo económico oficial.

La crítica situación salarial de la masa obrera ayuda a descubrir y explicar, en buena medida, la verdadera fuente de casi todos nuestros males, incluidos el narcotráfico y el crimen organizado: me refiero al absolutamente injusto e inequitativo reparto de la renta nacional, que hace de nuestro país uno de los más desiguales y polarizados del mundo. Y es en este generalizado clima de pobreza y desigualdad que se da el golpe de fuerza contra los trabajadores electricistas, acusándolos ¡quién lo diría! de “abusivos” y “chantajistas” que, con sus excesivas canonjías arrancadas a viva fuerza a la empresa, causaron la quiebra de Luz y Fuerza del Centro. Por eso es de llamar la atención, no sólo la tibia y conciliadora (?¡) respuesta de los líderes del SME, sino, más aun, la indiferencia con que ha acogido la medida el resto de la clase obrera mexicana. Es el propio gobierno federal quien, para librarse de la sospecha, que comenzaba a cobrar vuelo en la opinión pública, de que detrás del golpe se esconde la intensión de privatizar Luz y Fuerza del Centro, ha salido a declarar que será la paraestatal Comisión Federal de Electricidad (y en consecuencia sus obreros) la que se hará cargo del servicio que prestaba la “extinta” Luz y Fuerza. Esto significa, simple y llanamente, que los charros de la CFE están convirtiendo a “sus” obreros en esquiroles al servicio de la maniobra oficial.

La tibieza, la apatía política de los obreros mexicanos, no es de hoy ni de ayer, sino de siempre. Se explica, a mi juicio, por el origen mismo del sindicalismo mexicano, el cual, a diferencia del inglés o del norteamericano, por ejemplo, no surgió como una conquista de los propios obreros en lucha, sino por una iniciativa de los “gobiernos revolucionarios” , o, cuando menos, con su apoyo y padrinazgo, lo que lo convirtió, desde su nacimiento, en un sindicalismo protegido, subsidiado y sostenido por el gobierno y, por lo tanto, abierta o disimuladamente, al servicio del mismo. Y este “control desde arriba” ha funcionado a la perfección. No sólo ha logrado acostumbrar a los obreros mexicanos a vivir con sus salarios de hambre sin protestar; a financiar con su pobreza la “estabilidad” y el “crecimiento” de la economía nacional; también ha logrado impedir su verdadera educación política, una educación que les haga entender su derecho pleno a una vida mejor, y, como paso previo, a una democracia sindical que les permita elegir a líderes auténticos, a verdaderos luchadores por los derechos del trabajador. Peor aún, el control oficial ha impedido, de manera casi absoluta, que los obreros tomen conciencia de su importancia social y de su fuerza política como los verdaderos creadores de la riqueza que son, con capacidad y derecho, por tanto, para intervenir en la vida política nacional.

Una prueba evidentísima del atraso político de que hablo, de la apatía y total desinterés por la política de nuestros obreros, es que jamás han intentado en serio construir su propio partido, un auténtico partido obrero que les dé unidad nacional en torno a un proyecto de país y que aglutine a todo el pueblo pobre y oprimido en torno suyo. Aceptan resignadamente la política oficial de corromper aun más a sus dirigentes con migajas de poder, haciéndolos diputados y senadores para que “defiendan los intereses obreros” en el Congreso. El colmo fue que, no hace mucho, pasaron en silencio una ley asaz ilegal y discriminatoria, que convierte en delito su participación en la creación de algún partido político, convirtiéndolos así, de un plumazo, en ciudadanos de segunda privados de su libertad política fundamental. Por eso estamos como estamos; por eso el país marcha por donde menos debería hacerlo; por eso trabajamos para un modelo económico injusto y equivocado que daña en primerísimo lugar a los propios obreros, razón por la cual deberían ser los más interesados en cambiarlo por uno mejor, más equitativo y humano. Se los impide la charrificación de su conciencia. Pero eso debe terminar. La clase obrera debe despertar ya y meterse de lleno a la política con un partido y un proyecto de país propios. El golpe al SME habla muy claro de la urgencia de poner manos a la obra.

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